Tres historias ligadas al sufrimiento. Tres jóvenes protagonistas que atravesaron sus peores momentos en la escuela. Causas y consecuencias de una problemática que crece a pasos agigantados en la Argentina: el bullying.
El sufrimiento de Pablo y el nacimiento de la Asociación
Pablo no se defendía. Medía 1,75, era bien grandote y tranquilo; tenía miedo de lastimar. Aparte de negro, lo tomaban por grandote pavo. Se defendía de palabra y lo hacía con mucha altura, por eso generaba más violencia en quien lo atacaba. . Que Marcela se acerque a la escuela para reclamar explicaciones sobre las lesiones fisicas con las que llegaba Pablo era motivo para que los agresores profundicen aún más los ataques. Fueron tiempos de burlas y agresiones.
El 19 de noviembre de 2006, a la salida del Autódromo Roberto Mouras de La Plata, un accidente de tránsito lo dejó a pablo agonizando durante ocho días. Es en ese momento donde Marcela toma real conciencia de lo que pasaba y avisó al colegio. Al otro día aparecieron los 30 compañeros en la sala de terapia intensiva, donde él estuvo, y después se turnaban entre 5 y 6 chicos a sentarse al lado la amdre. El fallecimiento de Pablo provocó una crisis masiva de llanto y de nervios en sus compañeros de colegio: algunos porque sentían culpa por todo lo que le habían hecho. Otros, porque nunca lo habían defendido, más allá del dolor de haber perdido un compañero. Ese año lo eligieron mejor compañero, le escribieron una canción en memoria de él y la cantaron en el acto de fin de curso. El grupo se hizo muy unido, este trágico acontecimiento terminó con la agresión dentro del curso.
Después de la muerte de Pablo, Marcela comenzó a investigar si había gente trabajando sobre la violencia escolar para prevenirla. Sólo existía una asociación que actuaba una vez consumado el hecho. Entonces decidió poner en marcha su propio proyecto, que arrancó en 2008, luego de convocar a una psicóloga, una psicopedagoga y un abogado experto en violencia familiar. Además, un importante grupo de voluntarios ayudan en la puesta en marcha de los talleres.
Desde entonces, se encargan de dar capacitaciones en escuelas para fomentar la tolerancia entre alumnos y evitar casos extremos de violencia escolar. Por el valor del enorme trabajo realizado, Marcela recibió en 2012 el título de Embajadora de Paz, distinción a cargo de Naciones Unidas. Estos talleres tuvieron tan buena aceptación que traspasaron los límites de La Plata ya que empezaron a llamar desde varios sectores del conurbano bonaerense y el interior del país para que se presenten en escuelas. La realidad es que hoy en día la Asociación Pablo Nicolás tiene una importante lista de espera para ir a diferentes lugares y que su rol es fundamental para concientizar y prevenir.
El 19 de noviembre de 2006, a la salida del Autódromo Roberto Mouras de La Plata, un accidente de tránsito lo dejó a pablo agonizando durante ocho días. Es en ese momento donde Marcela toma real conciencia de lo que pasaba y avisó al colegio. Al otro día aparecieron los 30 compañeros en la sala de terapia intensiva, donde él estuvo, y después se turnaban entre 5 y 6 chicos a sentarse al lado la amdre. El fallecimiento de Pablo provocó una crisis masiva de llanto y de nervios en sus compañeros de colegio: algunos porque sentían culpa por todo lo que le habían hecho. Otros, porque nunca lo habían defendido, más allá del dolor de haber perdido un compañero. Ese año lo eligieron mejor compañero, le escribieron una canción en memoria de él y la cantaron en el acto de fin de curso. El grupo se hizo muy unido, este trágico acontecimiento terminó con la agresión dentro del curso.
Después de la muerte de Pablo, Marcela comenzó a investigar si había gente trabajando sobre la violencia escolar para prevenirla. Sólo existía una asociación que actuaba una vez consumado el hecho. Entonces decidió poner en marcha su propio proyecto, que arrancó en 2008, luego de convocar a una psicóloga, una psicopedagoga y un abogado experto en violencia familiar. Además, un importante grupo de voluntarios ayudan en la puesta en marcha de los talleres.
Desde entonces, se encargan de dar capacitaciones en escuelas para fomentar la tolerancia entre alumnos y evitar casos extremos de violencia escolar. Por el valor del enorme trabajo realizado, Marcela recibió en 2012 el título de Embajadora de Paz, distinción a cargo de Naciones Unidas. Estos talleres tuvieron tan buena aceptación que traspasaron los límites de La Plata ya que empezaron a llamar desde varios sectores del conurbano bonaerense y el interior del país para que se presenten en escuelas. La realidad es que hoy en día la Asociación Pablo Nicolás tiene una importante lista de espera para ir a diferentes lugares y que su rol es fundamental para concientizar y prevenir.
Cintia, víctima y creadora de No+Bullying
Cintia tiene 20 años. Desde que comenzó el jardín de infantes hasta que terminó el secundario, fue víctima de acoso escolar. Siempre se sintió diferente a sus pares. Y esa diferencia hacía que sus compañeras no le permitieran jugar con ellas, que la molestaran porque le gustaba estudiar y, más adelante, que la acosaran porque no hacía la misma cosas que ellas, por ejemplo, ir a bailar.Cintia se dio cuenta que era víctima de violencia escolar cuando tenía 15 años. Las redes sociales hicieron que se despertara y viera cómo la burlaban. “En mi casa no expresaba que me sentía mal, pero mis papás fueron a hablar con los padres de los chicos y nunca se hacían cargo de nada. Yo no quería que se quejen en el colegio porque iba a ser peor. Tampoco me defendía porque me trataban de loca si lo hacía”. En 2010, sintió por primera vez que pertenecía a un grupo cuando fue a una reunión del Fans Club de la actriz estadounidense Selena Gomes. “Me di cuenta que estaba cómoda en un lugar”.
Así fue como el año pasado, hablando con unas amigas que conoció en esas reuniones, surgió la idea de juntar firmas y llevarlas al Ministerio de Educación para que tomaran el bullying como una problemática que tienen que controlar. Para ese entonces, Cintia tenía una página de Facebook –‘No + bullying’- en la que cada tanto subía su propio material sin ningún fin específico. “Se lo comenté a mis amigas y les gustó la idea. Yo ya tenía la página con 100 seguidores nada más. Al día siguiente comencé a publicar cuál era mi proyecto; la gente lo empezó a leer y a las dos semanas empezamos a juntar firmas. En 7 meses la página llego a casi diez mil seguidores”. El trabajo de Cintia continúa y no sólo busca apoyar, a través de las redes sociales, a quienes transitan las situaciones que padeció durante su infancia y adolescencia, sino que espera que realmente haya un cambio dentro de la escuela y también en la sociedad en general.
Damián Melcer, especialista en el tema
Damián Melcer, sociólogo e integrante del grupo especializado en bullying del CIDEP, sostiene: Hay que entender que en el vínculo víctima/victimario los dos están en tensión, no la pasan bien, pero uno saca beneficio: el acosador. Entonces eso es lo que uno debe sancionar, el beneficio pero no a la persona sino al vínculo. En las escuelas tienen que tener los canales de comunicación bien aceitados para la comunicación con los padres. Llamar a la casa no solo cuando el chico agrede sino cuando no lo hace: hay que demostrar que la escuela tiene un doble diálogo y no ve solo un aspecto. De esta manera bajás la tensión con los padres.
Juan Manuel, de víctima paso a ser victimario
Juan Manuel tiene 24 años y vive con su abuela en el barrio de Belgrano. El malestar en su vida comenzó en su casa, con su padre golpeador y abusador; y a su vez, en los últimos años del jardín de infantes el grupo de chicos más revoltosos comenzó a hostigarlo. “Me costaba bastante socializar, era tímido y no podía decir basta”. Esto continuó durante los primeros años de primaria. Tenía problemas de atención. Desde la escuela lo mandaron a hacer terapia y una serie de estudios por los que descubrieron que vivía situaciones de violencia en su casa. Terminó repitiendo tercer grado y la respuesta que recibía de la escuela era siempre la misma. “Decían que tenía que resolver los problemas en mi casa y por su parte, no había intervención de ningún tipo”.
Los abuelos de Juan Manuel se enteraron de esta situación y hablaron con la madre para que lo pase de escuela. Juan sabía que allí las cosas tenían que cambiar, sentía que debía defenderse. Empezó a juntarse con los chicos problemáticos y terminó siendo igual que las personas que lo habían molestado en su escuela anterior.
“Mis padres se habían separado; mi madre estaba muy deprimida. Me agarró una etapa de rebeldía, pero más que nada, era un llamado de atención. Empecé a ratearme de la escuela católica a la que iba, tenía mala conducta, hacia bromas de todo tipo. Me echaron de esa escuela y me metieron en una en la que no me agradaba el ambiente. Duré dos clases y media porque en una me fui a la mitad”. A los catorce años, Juan Manuel ingresó en un Ciclo Básico Ocupacional (CBO), donde iban chicos que no aceptaban en otras escuelas. Durante el primer año le costó adaptarse, pero ya al año siguiente se serenó, dejó de molestar a sus compañeros y por fin, pudo sentirse a gusto. Asegura que ese lugar fue fundamental para hacer un cambio personal. “Pude conocer diferentes historias y salir de la burbuja en la que me estaba criando, porque mi madre, al ver que tenía problemas, me sobreprotegía y era peor. Conocí pibes con problemas como los míos, con problemas más serios... Me vi obligado a acercarme; al final entendí que desde el más fuerte al más débil, eran todo iguales. Todos lloraban, todos tenían malos momentos. Pude ver las cosas de una manera completamente diferente”.
Hoy en día, Juan Manuel intenta evitar todo tipo de problema y que si ve que en una discusión, la otra persona se torna agresiva, ya ni responde.” De chico me pasaba que no quería ser violento, no quería defenderme pero lamentablemente terminé del otro lado”.
Mónica Aiassa, docente
Mónica Aiassa, formadora de docentes con 28 años de experiencia en la profesión, asegura que antes de una agresión física se deteriora la psiquis de la víctima provocando que no pueda construir su imagen con seguridad y que todo esto se relaciona con una repeticiones de modelos familiares. En los antiguos planes del profesorado no existía una materia que aborde los temas sociales que acontecen hoy en la escuela. “Una vez que se identifican las situaciones lo que hay que empezar a hacer es tejer redes. Es fundamental trabajar con el equipo de orientación escolar (psicólogas, psicopedagogas, asistentes sociales) o con instituciones que se encarguen de minoridad para empezar a establecer otro vínculo de ayuda con profesionales.
El maestro no tiene a lo mejor una formación en psicología social para abordar estos grandes problemas y trabajando de esta forma favorecemos a los chicos”, dice Mónica. En sus clases se platea la problemática, se la conoce, se analiza cómo se da en las aulas de primaria y ahí se estudia que es lo que se puede hacer.
“Mis padres se habían separado; mi madre estaba muy deprimida. Me agarró una etapa de rebeldía, pero más que nada, era un llamado de atención. Empecé a ratearme de la escuela católica a la que iba, tenía mala conducta, hacia bromas de todo tipo. Me echaron de esa escuela y me metieron en una en la que no me agradaba el ambiente. Duré dos clases y media porque en una me fui a la mitad”. A los catorce años, Juan Manuel ingresó en un Ciclo Básico Ocupacional (CBO), donde iban chicos que no aceptaban en otras escuelas. Durante el primer año le costó adaptarse, pero ya al año siguiente se serenó, dejó de molestar a sus compañeros y por fin, pudo sentirse a gusto. Asegura que ese lugar fue fundamental para hacer un cambio personal. “Pude conocer diferentes historias y salir de la burbuja en la que me estaba criando, porque mi madre, al ver que tenía problemas, me sobreprotegía y era peor. Conocí pibes con problemas como los míos, con problemas más serios... Me vi obligado a acercarme; al final entendí que desde el más fuerte al más débil, eran todo iguales. Todos lloraban, todos tenían malos momentos. Pude ver las cosas de una manera completamente diferente”.
Hoy en día, Juan Manuel intenta evitar todo tipo de problema y que si ve que en una discusión, la otra persona se torna agresiva, ya ni responde.” De chico me pasaba que no quería ser violento, no quería defenderme pero lamentablemente terminé del otro lado”.
Mónica Aiassa, docente
Mónica Aiassa, formadora de docentes con 28 años de experiencia en la profesión, asegura que antes de una agresión física se deteriora la psiquis de la víctima provocando que no pueda construir su imagen con seguridad y que todo esto se relaciona con una repeticiones de modelos familiares. En los antiguos planes del profesorado no existía una materia que aborde los temas sociales que acontecen hoy en la escuela. “Una vez que se identifican las situaciones lo que hay que empezar a hacer es tejer redes. Es fundamental trabajar con el equipo de orientación escolar (psicólogas, psicopedagogas, asistentes sociales) o con instituciones que se encarguen de minoridad para empezar a establecer otro vínculo de ayuda con profesionales.
El maestro no tiene a lo mejor una formación en psicología social para abordar estos grandes problemas y trabajando de esta forma favorecemos a los chicos”, dice Mónica. En sus clases se platea la problemática, se la conoce, se analiza cómo se da en las aulas de primaria y ahí se estudia que es lo que se puede hacer.


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